Internet de las Cosas (IoT): El punto de no retorno de la esclavitud digital

La tecnología debe servir a los seres humanos y no los seres humanos a la tecnología. O eso pensábamos. La abrumadora dependencia tecnológica que nos viene encima es un asunto delicado que nos obliga a tener un juicio de valor sólido para entender qué, quién, cómo y cuándo.

Este artículo intenta describir qué es el Internet de las cosas, quién es la entidad que controla el Internet de las cosas, cómo funciona ese control y cuándo se ejerce dicho control.

La Tecnocracia

Para entender la esencia última del porqué una entidad se obstina por inventariar, monitorizar y controlar el Internet de las cosas, es necesario remontarse a un concepto poco aplaudido por las mayorías, pero introducido sistemáticamente en las universidades e instituciones gubernamentales: la tecnocracia. Una especie de forma de gobierno en la que los científicos y expertos en diversos campos toman las decisiones al servicio de la humanidad, en oposición a los intereses propios de una determinada facción o conjunto de ellos, por ejemplo: los mercados.

Para un tecnócrata, un mundo dirigido por la ciencia y la tecnología es mejor que cualquier otra forma de gobierno. Recordemos a la Unión Soviética, aquél conglomerado de países donde científicos, ingenieros y técnicos desempeñaron un papel importantísimo en el control de la sociedad y el estudio sistematizado de ésta. O a la Alemania nacionalsocialista donde las personas eran ya literalmente un número reconocido por un sistema de identificación y taxonomización. En ambos casos, el objetivo del tecnócrata no era necesariamente el comunismo o el nazismo, sino el ejercicio metódico de la ciencia conforme a los parámetros del método científico. Es decir, el proceso era más importante que el resultado. En los dos ejemplos el resultado no fue ni cuestionado ni resistido, sino simplemente aceptado. Esto fue el nacimiento de las dictaduras científicas.

Si se requiere ver a pequeña escala cómo funciona una dictadura científica basta con visitar el parque de atracciones Disneyland

Si se requiere ver a pequeña escala cómo funciona una dictadura científica basta con visitar el parque de atracciones Disneyland. Observar cómo desde entrar al parking hasta llegar a la puerta de entrada del recinto, las personas pasan por un sistema de control exhaustivo, obviamente con tecnología de punta. Posteriormente todo está inteligentemente colocado para que cada individuo pueda consumir alimentos y mercancías a su paso por el complejo. Cuando llegan a la cola de una atracción verán un letrero que dice: “a partir de este punto, el tiempo de espera es de X minutos”. La logística para controlar a la masa humana la tienen más que medida. Lo divertido viene cuando nos damos cuenta que seguimos escuchando la misma canción una y otra vez (It’s a Small World) en cualquier punto en el que nos encontremos; la repetición es el método más importante para hacer llegar un mensaje.[

Todo se vuelve más interesante cuando se tiene consciencia de que estamos siendo monitorizados y analizados en dos sentidos. Primero, los movimientos dentro de cualquier tienda son seguidos electrónicamente, grabados y analizados. Segundo, nuestro comportamiento físico y comunicaciones digitales son objeto de una instantánea y limpia monitorización. Se utiliza al menos cuatro tipos de tecnología: WSN (Wireless Sensor Networks), RFID (Radio Frequency Identification), CCTV (Circuito Cerrado de Televisión) y FTC (Facial Recognition Technology). Algo tan simple como un chip incluido en el brazalete “MagicBand” hace que la compañía pueda monitorizar, seguir y analizar toda nuestra actividad con el apoyo visual y auditivo de cientos de cámaras y micrófonos. Para no extendernos más, solo hay que revisar el reglamento interno para saber lo que podemos y no podemos hacer en Disneyland.

Continuemos con el tema.

La Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICAAN), por su propia naturaleza, es una organización sin ánimo de lucro creada en 1998 y dirigida exclusivamente por tecnócratas. Es responsable de la asignación de direcciones IP, de los identificadores de protocolo, de las funciones de gestión del sistema de dominio y de la administración del sistema de servidores raíz. Se dedicaba a preservar la estabilidad de Internet. Anteriormente ICAAN sirvió a los intereses de Estados Unidos en sus ramas judicial, legislativa y ejecutiva. Actualmente el contrato que tenía dicha corporación con el gobierno estadounidense ha caducado y no será renovado. Por lo que la corporación se encuentra en fase de transición hacia una nueva figura de mecenas dispuesta a financiarla. Y ¿qué mejor mecenazgo que el que ofrece Naciones Unidas?

Conceptos como “Desarrollo Sostenible” o “Economía Ecológica” no son otra cosa que el término histórico de tecnocracia. Por tanto, es imprescindible entender la figura de Naciones Unidas como la fuente primordial de planes y operaciones para establecer la tecnocracia como el único sistema regulatorio económico a nivel mundial.

¿Qué pasa entonces con el sistema capitalista, su libre mercado y los Estados Nación? En el libro “La miseria del historicismo”, Karl Popper dijo: “Un mercado libre es insostenible y altamente paradójico. Si el Estado no interfiere, quizá lo hagan otras organizaciones […] dejando en una ficción la libertad de mercado. (POPPER, K. 1981)

Conceptos como “Desarrollo Sostenible” o “Economía Verde” no son otra cosa que el término histórico de tecnocracia.

Ya no estamos tan seguros de que la globalización va a ser algo permanente ni de que la internacionalización económica se imponga a la política nacional. La política sigue y seguirá siendo nacional, incluso si la economía no lo es. Basta con echar la mirada atrás, aquella crisis de 2008 donde se rompió la ilusión de que las corporaciones internacionales dominarían la política económica internacional y donde la globalización pondría ciertas limitaciones a los gobiernos y facilitaría la creación de Estados corporativistas de mercado.

La aparición de movimientos de corte nacionalista como el BREXIT o la revolución americana liderada por Donald Trump, podría vulnerar, revisar, reformar o eliminar por completo acuerdos comerciales como el  Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP), el Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP) o El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

El modelo de desarrollo económico estará en manos de quien promulgue las políticas de desarrollo sostenible y quien deberá presionar, por todos los medios posibles a la política nacional de cada Estado. Esta vez no serán las grandes corporaciones, sino el remanente de un supraestado llamado Naciones Unidas.

El día en que se confirmó la elección de Donald Trump, Naciones Unidas declaró una estrategia rápida para la implementación de su extensa Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

Se advierte que no todos los Estados están dispuestos a ceder su soberanía a cambio de una gobernanza global justa, centrada en los derechos de personas, comunidades y territorios; se incluye por supuesto, el cumplir con la metodología tecnocrática impuesta.]En febrero de 2015, la responsable del cambio climático de Naciones Unidas Christiana Figueres, declaró en una conferencia de prensa en Bruselas lo siguiente:

«Esta es la primera vez en la historia de la humanidad que estamos creando nosotros mismos la tarea de, intencionadamente, y en un plazo de tiempo determinado, cambiar el modelo de desarrollo económico que ha reinado, al menos, durante 150 años,  o lo que es lo mismo, desde la revolución industrial.”[/dt_quote]

El desarrollo sostenible, o tecnocracia, es un modelo económico impulsado por los recursos, regulado por la “energía” más que por la oferta y la demanda de mercados que responden a políticas monetarias y financieras basadas en la escasez. Aclaremos un poco el término según sus propios autores:

«La tecnocracia es la ciencia de la ingeniería social, la operación científica de todo el mecanismo social para producir y distribuir bienes y servicios a toda la población […] No habrá lugar para la política o los políticos, las finanzas o los financieros, […]. La tecnocracia afirma que este método de operar el mecanismo social […] es ahora obligatorio porque hemos pasado de un estado de escasez a la situación [actual] de abundancia potencial […] para llegar a una escasez artificial que se nos impone, con el objetivo de continuar un Sistema de Precios que puede distribuir mercancías solamente a través de un medio de intercambio”.

La tecnocracia afirma que el precio y la abundancia son incompatibles:

“Cuanto mayor sea la abundancia menor será el precio. En una abundancia real no puede haber ningún precio en absoluto. Sólo se puede lograr una abundancia abandonando el control interferente de precios y sustituyendo un método científico de producción y distribución. La tecnocracia distribuirá productos y servicios mediante un certificado de distribución a disposición de todos los ciudadanos desde el nacimiento hasta la muerte”. (The Technocrat, 1938)

El movimiento tecnocrático que tanto parece evitar la escasez, en realidad la genera al implementar un sistema económico en el que el dinero es sustituido por los certificados de energía o unidades de energías, que no son otra cosa que el poder de consumo de cada ciudadano calculado al determinar la capacidad productiva total, menos el mantenimiento de las infraestructuras dividido de forma equitativa entre la población.

Estas unidades de energías no serían “utilizadas físicamente por la población debido a que el sistema tecnocrático sería computarizado” (recordemos que estamos hablando de principios de los años cuarenta). Las razones dadas para la contabilidad de energía son “asegurar el estándar de vida más alto posible, así como la igualdad entre ciudadanos, prohibiéndose el gasto de recursos que supere la capacidad productiva y ecológica de la sociedad”. Provocándose así un racionamiento y por ende una escasez y un estancamiento por necesitar una mayor medida de unidades energéticas para la investigación y desarrollo de la sociedad.

Nuestra vida no es más sencilla porque el sistema vigente se basa en la escasez

Lo que es cierto es que los avances en la mecanización han causado un incremento en la eficiencia y productividad en la mayoría de las tareas desempeñadas por las personas, pudiendo ser reducidas a través de una mejor gestión, automatización y centralización. Resultando tal hecho en un incremento en la producción y tiempo para el ocio, puesto que se produce más en menos tiempo.

A medida de que la tecnología reduce la cantidad de esfuerzos y recursos para la captura de bienes nuestra vida debería ser más sencilla.

Nuestra vida no es más sencilla porque el sistema vigente se basa en la escasez, una maquinaria que se perpetúa y retroalimenta en base a su continua necesidad de bienes y el endeudamiento del que tiene que participar para obtenerlo.

 

El Internet de las cosas (IoT)

El Internet de las cosas es el conjunto de conexiones entre objetos inanimados y los seres humanos que dependen de ellos. Los aparatos aprenden nuestro estilo de vida.

Recordemos que el origen de Internet se remonta a los años sesenta con los primeros experimentos sobre sistemas de comunicación entre ordenadores. Ya desde sus inicios fue concebida como una red global para intercambiar información y contenidos digitales sin limitaciones de tiempos y distancias. Con la aparición y proliferación de dispositivos móviles ha cambiado la manera de cómo accedemos a internet. Se ha multiplicado la cantidad de aparatos electrónicos con los cuáles se puede conectar a la red, pero la conexión a Internet ya no solo es posible a través de estos dispositivos. Todos los objetos que nos rodean pueden estar conectados siendo capaces de recoger información, procesarla y compartirla. Esta Internet de las cosas ofrece todo un mundo nuevo de posibilidades.

El Internet de las cosas se refiere a las relaciones de transferencias de datos entre los objetos convencionales y las personas e incluso entre los propios objetos, es decir, se trata de la digitalización del mundo físico. Esto obliga a que los utensilios tradicionales se conecten con la red y se sincronicen entre ellos mismos para ofrecer un servicio eficiente. Objetos que años atrás se conectaban mediante un circuito cerrado, lo hacen ahora globalmente mediante el uso de la red de redes para interactuar entre ellos. Una acción-reacción entre aparatos.

El Internet de las cosas no es un proyecto reciente. Desde hace más de veinte años, diversos sectores trabajan en la idea de hacer lo más interactivos posible todos los objetos de uso cotidiano para alcanzar lo que muchos denominan como: hogar inteligente (smarthome). También veremos en la esfera pública lo que se conoce como ciudad inteligente (smartcity). Nuestras ciudades están recopilando constantemente datos con miles de sensores autónomos para digitalizar cualquier cosa que se pueda computar y analizar; para anticiparse a problemas o mejorar un servicio.

El Internet de las cosas funciona mediante sistemas embebidos, es decir un hardware especializado que permite a los objetos conectarse no solo a Internet, sino también programar eventos o llevar a cabo órdenes dictadas de forma remota. Chips y circuitos que ofrecen la posibilidad de cumplir una serie de tareas específicas, las cuales serán asignadas según su IP, ya que todos los objetos tendrán una específica y se podrá acceder a cada uno de ellos en concreto para asignarle una tarea. También se podría contactar con un servidor externo y enviar los datos que recoja.

ICANN emite las direcciones IP que se asignan a todos estos dispositivos a nivel global. El esquema de direccionamiento original, IPV4, se basaba en cuatro bloques de hasta tres dígitos cada uno, puntuados con un período (por ejemplo, 192.168.2.14). Este esquema permite una dirección discreta de hasta 16,8 millones de dispositivos. Hace unos años, IPV4 se quedó sin números, y los proveedores de servicios de Internet, corporaciones y otras organizaciones tuvieron que improvisar sistemas de numeración internos, conocidos como ‘servidores proxy’, para emitir direcciones seguras a dispositivos dentro de su propio dominio. Estos sistemas no sólo son frágiles, sino que son fáciles de cortar. Para corregir esto, ICANN ideó un nuevo sistema de numeración IP llamado IPV6, que agrega dos bloques más de números (por ejemplo, 192.168.2.14.231.58). Este esquema prevé 3.4 × 1038 direcciones, 340 trillones, 282 billones, 366 millones, 920 mil, 938 – seguido de 24 ceros. Números únicos para cada ser humano de la tierra y sus dispositivos. Por lo tanto, IPV6 proporciona una manera de asignar un número único y directamente direccionable a cada dispositivo electrónico durante siglos.

A medida que IPV6 se expande al mundo, la misión modificada de ICANN será inventariar y categorizar el dispositivo conectado a cada dirección IP. Por ejemplo, todos los acondicionadores de aire en el mundo serían direccionables directamente desde una sola lista. Del mismo modo para todos los ordenadores, todos los automóviles, todas las cámaras, todos los teléfonos, todos los frigoríficos, todos los artículos de ropa, etc.

Los nuevos televisores utilizan micrófono y cámara que pueden ser utilizadas para monitorizar cualquier gesto facial, reconocimiento de voz y palabras clave. Datos que se envían, y venden, a las agencias, cadenas de TV o cualquier otro cliente para personalizar campañas publicitarias, crear contenidos, conocer opiniones a favor o en contra de determinada noticia, hora y lugar en que estamos frente al aparato, si nos levantamos o no del sofá cuando emiten espacios publicitarios. Lo mismo pasa con los lectores de electricidad que emiten señales wifi a las compañías para medir el consumo y, por su puesto, saber si estamos o no en casa. Una alegoría orweliana de la que pocos se librarán

Para alcanzar sus objetivos, Naciones Unidas debe tomar absoluto control de ICANN. Mientras esto sucede, los reflectores mediáticos apuntan a la censura de Internet de los sitios web en tal o cual país y la supresión de la libertad de expresión, mediante leyes más restrictivas o “mordaza”. El verdadero premio es completamente pasado por alto: el control sobre el Internet de las cosas o Internet of things (IoT).


En otras palabras, es un mercado enorme y el dinero crece exponencialmente. Si Naciones Unidas puede encontrar una forma de gravar este mercado, que seguramente lo hará, proporcionará una ganancia inesperada de ingresos y tal vez lo suficiente como para que se perpetúe (actualmente, es financiada por las contribuciones de los estados miembros).

Quienquiera que tenga control y acceso a estos datos literalmente será capaz de controlar el mundo entero, hasta las últimas minucias – y esa es la misión exacta de las Naciones Unidas:

  • Inventariar
  • Monitorizar
  • Controlar

Este concepto de la tecnocracia se estableció en la historia mucho antes de que existiera la tecnología digital. En el libro: Curso de Estudio de la Tecnocracia (1934) se muestra una amplia información acerca de la tecnocracia y de cómo podría ser puesta en marcha, se establecieron unas duras exigencias que eran necesarias para su implementación:

  • Registrar en una base continua de 24 horas por día la conversión neta total de energía.
  • Mediante el registro de la energía convertida y consumida, hacer posible una carga equilibrada.
  • Proporcionar un inventario continuo de toda la producción y consumo
  • Proporcionar un registro específico del tipo, clase, etc., de todos los bienes y servicios, cuando se producen y dónde se utilizan.
  • Proporcionar un registro específico del consumo de cada individuo, además de un registro y descripción del individuo.

[Scott, Howard et al, Curso de Estudios de Tecnocracia, pág. 232

]En términos económicos, el Internet de las cosas espera generar ganancias de más de $3 billones en 2025 y está creciendo a una tasa de al menos el 30% al año.

Por ejemplo, IBM ha invertido $3 mil millones en sus unidades de negocio IoT. AT&T anunció un record de 1.6 millones de aparatos conectados en la red, incluyendo 1 millón de automóviles con IoT activado en el primer trimestre del año. Samsung declaró su compromiso con la conectividad de todo en sus ventas para el año 2020, y General Motors ha compartido sus capacidades OnStar 4G que generarán $350 millones en beneficios los próximos tres años.

El punto de no retorno

Cabe de esperar que Naciones Unidas sea el motor de la tecnocracia moderna y, como tal, está actuando de una manera perfectamente predecible. Busca establecer una Dictadura Científica global donde controlar todos los recursos, toda la producción y limitar todo consumo conforme a sus parámetros. Estos tecnócratas aplicarán su metodología a todos los problemas del mundo y simplemente darán instrucciones a la red para que lo hagan así.

Es un hecho que la libertad de expresión disminuye y la censura va en aumento. Pero la pérdida de privacidad es lo realmente preocupante. Estaremos cediendo nuestras vidas más aún a la tecnología la cual podría llegar a ser hackeada y poner en serios problemas nuestra información personal. Cualquier persona con conocimientos medianamente técnicos podría tomar el control de nuestros hogares y vehículos. Nuestros aparatos se convierten en un ejército de zombi-bots que se utilizan para ataques coordinados de denegación de servicio distribuido o DDoS.

Todo lo que esté conectado a internet es susceptible de ser atacado. Los sistemas que están comercializándose, al no tener una capa de seguridad ni una preparación contra ataques, tampoco son capaces de registrar lo que ha ocurrido durante un ataque o durante el mal funcionamiento del sistema. Sería muy difícil de investigar para los criptoforenses. No quedará más remedio que hacer cajas negras para cada dispositivo o, en algunos casos, utilizar la autodestrucción del sistema al momento de verse comprometida su seguridad.

Quizá la cuestión de la vulnerabilidad en la seguridad y el alto coste de estos sistemas sean los dos motivos por los que aún el Internet de las cosas no se haya asentado ya, pero es cuestión de tiempo. Pero una cosa es tener el control puntual de dichos aparatos por un puñado de hackers y otra es tomar el control absoluto del Internet de las cosas y convertirlo en mercancía. Esto es, en última instancia, lo que Naciones Unidas necesita para lograr sus propias metas.

Estaremos a la espera de si en menos de 15 años los objetivos de Naciones Unidas han logrado erradicar el hambre y la pobreza del mundo, otorgar educación de calidad y trabajos «decentes», energías no contaminantes, y todo lo que incluye la Agenda 2030 para un «mundo feliz»; como dice la canción de Disneyland: «It’s a Small World… after all».

Por ahora seguiremos escuchando discursos sobre las ventajas que aporta a la sociedad el control compartido de Internet. Como el reto de mantener este espacio abierto, libre de regulaciones excesivas y fuera de injerencias o control de los gobiernos.

El reciente caso de espionaje masivo a internautas de las más altas esferas gubernamentales de otros países por parte del gobierno de Estados Unidos; quien lo justifica por razones de seguridad, es otro motivo para que muchos países tengan el deseo del control de su propia red. O por lo menos reducir las fricciones entre países que acusan a Estados Unidos de monopolizar la supervisión de la red.

El Congreso de Estados Unidos dejó pasivamente que la administración de Obama no renovara el contrato con ICANN y venderse casi obligatoriamente a Naciones Unidas. Dicha administración lo entendió perfectamente bien: El mundo acaba de ser vendido en una esclavitud digital, de la que no puede haber retorno.

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